
He escrito esto pensando en el cómic Gantz (Gantsu en japonés), escrito por Hiroya Oku.
“Cabrón! Chúpasela!” Recuerdos desagradables se acumulaban en su cabeza “capullo; tráenos el dinero mañana o te partiremos las piernas! Y sabes que lo haremos! Así que espabila gilipollas!” Esos monstruos con forma de niños… Nero ya no quería volver al colegio “porqué yo? Qué he hecho para merecerme esto?” Pensaba entre sollozos. Estaba solo, en su habitación, la cabeza oculta bajo una almohada mojada por las lágrimas. Se había quedado solo en casa; su padre había ido al bar esta noche, lo hacía desde la muerte de mamá. Desde entonces, papá no había vuelto a ser el mismo.
“joder!” Nero le dio un fuerte golpe a la pared, lastimándose la mano. Había tomado una decisión. Se levantó y se fue al ordenador. Se metió en esa página web otra vez, como en todas sus crisis depresivas. Ahora ya no lloraba, pero esas imágenes vomitivas seguían en su mente, como parásitos chupando sus ganas de vivir. Tecleó cuatro palabras, las mismas que hace un mes, pero esta vez no tenía miedo, quería acabar con eso de una vez “Voy a hacerlo”. No pasó ni un segundo cuando un aluvión de respuestas empezaron a aparecer en la pantalla del ordenador “Por fin! Te deseo suerte!” o un “Bien hecho!” o también “si lo haces, te respetaré para siempre” e incluso había un “por favor, te lo suplico, no lo hagas, por favor, creo que puedo ayudarte, pero no lo hagas, por favor”. Cerró el foro y se puso a pensar en como iba a hacerlo “quizás podría ahorcarme, aunque de dónde saco yo ahora una cuerda? Además, paso de buscar en internet cómo se hace un nudo de esos…Y si me corto las venas? Joder! Yo no puedo hacer esas cosas… Qué puto asco!” Estaba pensando en ello desde hacía un par de días, pero no tenía ni idea de como hacerlo. Tenía miles de ideas, pero ninguna le gustaba. Había ido desde hacerse el harakiri en su clase hasta beberse dos litros de coca cola y tomarse luego un mentos… Finalmente, decidió tirarse desde la azotea de la finca de su abuela. Nunca le había caído bien su abuela, era demasiado estúpida, casi tanto como los capullos de su clase.
Cogió las llaves y salió de casa. Fue en metro. Tardó diez minutos. No cogió el ascensor, sino que subió por las escaleras. Subió sin prisas, tranquilamente. A pesar de estar ausentes, esos monstruos seguían dándole mazazos en la cabeza, golpeando su pobre cerebro, acosado por sombrías imágenes. “hijo, te han vuelto a pegar?! Eres débil. Nunca llegarás a nada!” Una lágrima corrió velozmente por su mejilla. Estaba destrozado. Sacó las llaves del bolsillo. Abrió la puerta. El viento le inundó su cara y se llevó con él la lagrimilla. Nero miró el horizonte. Unas nubes grisáceas se acercaban lentamente “en un par de horas, lloverá” pensó mientras se acercaba al bordillo. Miró su destino agarrándose a la barandilla. Le entró vértigo y vomitó. Se echó a llorar. Cómo odiaba al mundo entero, que lo había tratado tan mal. A su padre y a sus profesores por no ayudarle, a su abuela por haberlo olvidado como quien pierde a un perro y a esos monstruos, por todo lo que le habían hecho. A los 15 años, ya no podía soportar su existencia. Se secó las lágrimas y se preguntó cómo sería el otro mundo. La ciudad se abría ante sus ojos, con sus altos edificios. Miró la acera de abajo otra vez. La gente se movía de un lado para otro, parecían muñequitos atareados. Eran muñequitos atareados. Pequeños, minúsculos, insignificantes. Buscaban desesperadamente su razón de ser en ese nuevo mundo de plástico, tan inmersos en sí mismos que se desconectaban de los demás. Nero se quitó las zapatillas y los calcetines. Volvió a mirar una última vez el horizonte. Los dedos le colgaban del borde del edificio. Saltó. No tuvo tiempo de disfrutar de la sensación de la caída, porque colisionó contra el suelo mucho más rápido de lo que él pensaba. Ni siquiera la velocidad consiguió separar a esos parásitos de su cabeza: la última imagen de su vida fue la mueca de asco que ponían los monstruos cuando lo veían. Luego, nada. Y después, el apartamento de la esfera negra.
Allí había más gente, y todos le miraban. Era una habitación totalmente normal, totalmente vacía y con un pequeño balcón cerrado por un ventanal. Lo extraño era la bola negra que había en el centro de la habitación, como una canica gigante. “ que extraño es el paraíso” pensó Nero.

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