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No puedes. No puedes considerar el sexo como un sencillo instinto natural, o un pecado. Tampoco puedes considerarlo una forma de vida, porque son muchísimas formas de vida. Tampoco lo puedes considerar universal porque para gustos, colores. Tampoco puedes pasarlo por alto en nuestra sociedad, incluso me atreveré a decir que no se puede pasar por alto en ninguna sociedad. El sexo podía ser, quizás en otros tiempos muy lejanos, una forma de reproducirse, simple y llanamente, como sucede en la mayoría de los animales. Pero el ser humano posee la imaginación, que le permite sobrepasar los límites que la naturaleza ha impuesto, o al menos alcanzarlos. Está tan enraizado al sexo que no podemos hablar de uno sin hablar del otro. ¿Quién puede llamarse persona sin haber tenido fantasías sexuales? ¿sin haberse excitado en la vida? Es una pregunta que les hago a todos los hombres y mujeres que vivan, vivían o vivirán en sociedad, sean cuales sean sus orígenes. La ecuación es muy sencilla: la civilización es sociedad, que es lo mismo que interrelaciones, que quiere decir comunicación, cuyo origen es el deseo. El deseo es inevitable en la civilización, y por lo tanto en la humanidad. Con esto no quiero probar nada nuevo, ni deseo contradecir a ninguna mente cerrada, sólo deseo una cosa: quiero que el lector de este texto relea el primer párrafo de este artículo y quiero que tenga sexo con quien quiera, cuando quiera y donde quiera. Porque yo sé, y tú sabes, y todos sabemos, que es inevitable.

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