
cuadro de Bernardo Murrieta, Sirena
En la Gran Escuela para Señoritos y Señoritas se enseñaba a los jóvenes pupilos aburguesados lo que era la vida, o al menos lo que la sociedad había dicho, en algún momento de la historia de la isla, que era la vida. Así, en la clase de cocina, las chicas amasaban con insistencia la pasta para hacer alguna gourmandise, mientras la profesora les decía “recordad alumnas: nosotras, las mujeres, no podemos vivir solas. Tenemos muchas facultades: la de escuchar, la de la paciencia, la de la pureza… Pero tenemos que admitir que somos débiles físicamente, y que cualquiera podría aprovecharse de nosotras. Por esa razón, los hombres son necesarios para nosotras. En esta vida, os daréis cuenta de que el camino comme il faut es el mejor, y que de la misma forma que ellos nos protegen y nos aman, nosotros los amamos también y les cuidamos.” Sophie, sentada en la última fila a la derecha, miraba las musarañas con sus ojos azules como el cielo, algo soñadores, mientras sus dedos recorrían las ondas de su pelo castaño. A veces, en momentos como ése, se preguntaba si realmente era así, si realmente el carácter de las mujeres no era más que ese concepto algo simplista y generalizado, hasta se atrevería a decir predeterminado. Parecía una forma de que éste se acordara al camino comme il faut. También tenía muchas dudas acerca de ese camino. ¿Por qué era el mejor? ¿Porque era el único camino aceptable? Así es fácil ser el mejor… Además, ¿quién ha dicho que ese sea un buen camino? ¿El alcalde? ¿Sus antepasados? ¿La Antigua Civilización? Demasiadas preguntas y pocas respuestas… La profesora de ética había desistido con ella “eres la oveja negra Sophie, no sé por qué quieres llamar la atención con esas preguntas que no tienen sentido”. Pero Sophie seguía rascando la llaga de vez en cuando.
Al finalizar las clases, el grupo de quinceañeras se reunió en la puerta del aula, y mientras andaban por los elegantes pasillos hacia las toilettes, cotorreaban incesantemente acerca de las banalidades del día a día “¡François me ha propuesto matrimonio chicas!”, exclamaba Marie entre ruborizada y alegre. “¡Qué bien! …Y, ¿qué le has dicho? Supongo que sí, ¿verdad?”, le respondió Hélène, en un tono que desteñía envidia enfermiza.
“¡Pues claro que sí! Es guapo, listo y ¡muy rico! Mi padre no se lo ha pensado dos veces y me ha dado su aprobación” decía Marie, que cegada por su felicidad, no se había dado cuenta de la cara de Hélène. Sophie observaba la conversación entre sus dos amigas algo divertida; comprendió que definitivamente, no era como ellas. Aspiraba a otras cosas en la vida, aunque aún no sabía a cuales. El padre de Sophie era un hombre muy mayor, que se pasaba el día en la cama moviéndose lo más mínimo y muriendo lentamente, mientras las criadas se ocupaban de llevarle las comidas y de arroparle de vez en cuando, si él se lo pedía. Hace tiempo, había sido un importante cargo en la industria de los metales, pero ahora no era más que una cáscara putrefacta. Sophie no tenía madre: había muerto hacía ya mucho tiempo en el mar, cuando ella tenía 3 años. En conclusión, las criadas siempre habían sido su familia. Ella tenía un punto de vista muy distinto acerca de las mujeres, porque había descubierto en sus sirvientas la fuerza de voluntad y la vulgaridad, y nunca el significado que le daban en el colegio a la palabra “pureza”.
“…Pues me gustaría tener dos hijos, un niño y una niña, ¡ah! Y si fuesen gemelos, mejor aún. Oye Sophie, tú ¿cuántos hijos quieres tener?” Le preguntó Marie.
“Nunca me lo había planteado… no sé” respondió despreocupada.
“¡Pues ya va siendo hora de que te lo plantees! Que poco instinto materno tienes…” le dijo Hélène, como reprochándole algo.
“¡Mira! ¡Por ahí llegan los chicos!”, exclamó Marie para deshacer una posible disputa. A pesar de que las clases se dividían por sexos, y de que tenían una educación y un horario bien distinto, los recreos eran mixtos. El grupo de chicos que se acercaban tenían dieciocho años, eran cinco, y acababan de salir de deporte. Ese grupo justamente hacía boxeo, pero se podía elegir entre dos deportes más: rugby y frontón. Las chicas, en cambio, podían elegir entre ballet, acrogimnasia o bádminton. Pues ahí estaban, cinco enormes masas musculosas, aún calientes del entrenamiento, después de una buena ducha fría. Ellos serán el futuro de la isla. El más corpulento miró intensamente a los ojos Mónica, en una lucha mental por ver quién desviaba primero la mirada. Estaba bastante claro que sentía un cierto interés por Sophie, y ella lo sabía. Apartó la mirada pensando que no jugaría a ese juego. Dorian era bastante guapo, con sus ojos verde oliva y su pelo rubio platino. Tenía un cuerpo de atleta, y su padre era el ministro de agricultura. Por eso estaba en la Escuela de prestigio. Era el cabecilla del grupo sin lugar a dudas. El primero en acercarse a las chicas fue François, que sin mirar a nadie, fue directo a la boca de Marie. El segundo fue Antoine, que hizo lo propio con Hélène. Los otros tres chicos se acercaron sin prisas. “¡Oye Sophie! ¿Qué haces esta noche? Hay un baile en el colegio, creo que en el gimnasio, vienes ¿verdad? Quiero ser tu pareja de baile. Acepta.” Dijo Dorian sin rodeos, con esa seguridad en si mismo que todos los chicos del instituto de prestigio tenían, y que para Sophie, ocultaba en realidad una profunda arrogancia. “No creo que pueda, mi padre me ha dicho que no salga este fin de semana, dice que me necesita en casa”, mintió Sophie. Se extrañaba que siendo una chica tan poco sociable, hubiera llegado a ser tan popular. Aunque en el fondo ella sabía muy bien que allí la belleza era la que daba la popularidad. “Sí, seguro…”, murmuró Hélène por lo bajo, roída por la envidia de ver cómo triunfaba su amiga con los chicos. Por suerte, el comentario pasó desapercibido para todos excepto para Sophie, que se mordió la lengua y se abstuvo a contestar. Se estaba empezando a arrepentir de haberle confiado su secreto a Hélène. Dorian no dejaba de mirar a Sophie, hasta que finalmente, se acercó a ella, la cogió del brazo, y se la llevó a un lugar apartado.
“Sophie, creo que habrás notado lo que siento por ti, por favor, ¡dame una oportunidad! ¡No te arrepentirás! Ven al baile conmigo, quiero demostrarte que merezco la pena”.
“Lo siento Dorian, no. No quiero ir, no me apetece salir esta noche contigo, ni ninguna otra, no me interesas Dorian, lo siento.” Respondió Sophie, algo incómoda.
“¡No vas a encontrar a nadie mejor en toda la isla, Sophie! Si no te conformas conmigo, ¿con quién si no?”, intentó argumentar Dorian
“No quiero a alguien mejor que tu, quiero a alguien como yo, y tu no me entiendes, Dorian, nunca lo has hecho…”
“¿Qué imbecilidad es esa? No sé a qué estás jugando, pero ¡no pienso jugar contigo! Haz lo que te dé la gana, pero estás perdiendo tu única ocasión de encontrar a alguien a tu altura, ¡idiota! ¿Qué pasa? ¿Hay otro chico? ¿Quién es? Seguro que yo soy mejor que él, y te lo demostraré”. Salió corriendo, el orgullo herido, su virilidad dañada, pero discretamente, sobre todo, para que nadie lo notara.
Poco después del incidente, los chicos se marcharon a su siguiente clase, y las chicas a casa.
Mientras avanzaban por la calle, retomaron el tema habitual. “Pues Antoine me parece horroroso, tiene los dientes salidos y las orejas como coliflores…”, decía Hélène, refunfuñando.
“¿Y por qué sigues con él, si no te gusta?” le preguntó Sophie con no demasiado interés, puesto que estaba acostumbrada a ese tipo de monólogos interminables con sus amigas.
“Pues no sé, por estar con alguien, es mejor eso que salir con un aventurero…” Le espetó Hélène, desatando los celos que guardaba en su interior. De repente, Sophie abrió los ojos, despertando de su aburrimiento, y explotó. “Lo primero, Bruno no es mi novio, es un amigo de infancia; lo segundo, Bruno es mucho mejor persona que el subnormal de tu novio, porque siento decirte que el dinero hace muchas cosas, pero no da la inteligencia, y Antoine es el claro ejemplo; y lo tercero, me da igual lo que pienses de mi, porque en el fondo sabes que soy mucho más guapa que tú, y que si quiero, tengo a cualquier chico en la palma de mi mano, mientras que tú pareces un espantapájaros, que no atraes ni a los cuervos” las lágrimas ya habían empezado a correr por las mejillas de Hélène mucho antes de que Sophie terminara de hablar. Se fue corriendo entre sollozos y gemidos. “Te has pasado, no te parece que eres muy dura con tu amiga” le dijo Marie de refilón mientras corría detrás de Hélène para consolarla. Sí era cierto que Sophie era un poco dura, pero pensó: “se lo merece, además, nunca he dicho que fuera mi amiga”. Siguió caminando sola hasta llegar a casa.
Abrió las puertas del pequeño palacio y se adentró en la gran sala de recepción. “¡Ya he vuelto!” gritó Sophie. El eco de su voz reverberó por todos los rincones de la casa. Silencio. Subió al segundo piso por las escaleras de mármol, mientras que su mano paseaba por el largo pasamanos de marfil. Se metió en su cuarto, cerró la puerta y se tumbó en la cama. Después de una gran inspiración, expulsó todo el aire y el cansancio acumulado a lo largo del día. Había pocas cosas que hacer en casa, toda la alta sociedad de la isla se basaba justamente en usarla para hacer fiestas, más que para vivir en ellas; siempre habían cosas que hacer: salidas nocturnas, salir a comprar ropa para salidas nocturnas, las clases y reuniones de chicas para tomar la merienda. Y luego el domingo para las excursiones. Así que decidió hacer lo que siempre hacía durante esos momentos de soledad que no solían tener las chicas de su edad: cogió una cajita de madera tallada que tenía bajo su cama, cerró la puerta con llave y volvió a tumbarse en la cama. Abrió el pequeño cofre de los tesoros: dos libros dormitaban apaciblemente, como leones con los ojos entrecerrados que empezaban a desperezarse al ver que el cuidador abría la jaula. Cogió el primero “René” de un tal Chateaubriand y dejó al descubierto la tapa del segundo: “Las flores del mal”, de Beaudelaire. Autores de la Antigua Civilización. Abrió la novela y empezó a leer. Por un tiempo indefinido, el mundo de Sophie dejó de existir: el paisaje salvaje del Amazonas invadió su habitación y una enorme catarata caía pesadamente sobre rocas puntiagudas, al son de los sentimientos de René, que se despeñaban estrepitosamente por el trágico risco que era su vida. De pronto, irrumpiendo su trance literario, el despertador empezó a chillar. Sophie lo apagó tensa y se desperezó; ya era casi la hora y aún iba con la ropa de la escuela… Se desnudó apurada y se puso las medias, la falda negra que le llegaba hasta las rodillas y la chaqueta de cuello alto azul marino, su preferida. Sus zapatos eran negros de charol, parecía una muñeca. Se escapó de la lúgubre casa y se dejó envolver por la sonrisa de la luna.
La noche le ofrecía un impresionante espectáculo de luces: las estrellas, como fuegos artificiales, iluminaban el paseo empedrado que se adentraba en el bosque. El olor de la resina se mezclaba con la humedad nocturna y, como si fuera un afrodisíaco, las flores del galán de noche se abrían plácidamente, mecidas por una tranquila brisa marina. Mónica empezó a caminar por el sendero, perdiéndose entre la arboleda oscura, apenas iluminada por alguna luciérnaga. Poco a poco fue alejándose del camino principal, hasta desembocar en un pequeño río artificial que cortaba el bosque en dos. Allí, sentado en una roca, se encontraba Bruno, con ese pelo negro como el azabache, siempre despeinado y esos ojos castaños que bien podían ser topacios ocultos bajo los mechones que le caían por la frente. Cuando Bruno la vio, exclamó “¿qué es poesía? Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú”. Sophie no pudo evitar ponerse roja; por suerte, el manto de la noche ocultaba sus mejillas. “¡Hemos encontrado otro contenedor con libros flotando a la deriva!” explicó Bruno. “Este poema está firmado por Bécquer. ¿Ya te has terminado los libros que te dejé? Los tengo que devolver pronto…” Bruno parecía alegre de ver a su amiga, pero a la vez preocupado porque ésta siempre tenía la cabeza en las nubes, y se le solían olvidar las cosas. Bruno era el benjamín de una sirvienta, y como no podía cuidar de él, lo alistó en la Escuela de Aventureros, que era un eufemismo para hablar del ejército privado de reconocimiento del alcalde de la isla. Eran una especie de marineros, adiestrados desde pequeños, que se dedicaban a recorrer el mar en veleros. Notificaban el descubrimiento de alguna isla, dibujaban mapas y encontraban contenedores de la Antigua Civilización, aunque su misión principal era encontrar vida fuera de la isla. Nunca lo habían conseguido. Así pues, de vez en cuando, en el horizonte, un enorme rectángulo con un complejo sistema de flotación aparecía a la deriva. Principalmente, contenía libros. Parecía como si la AC hubiera querido salvar eso en particular… Pero el mar era un lugar peligroso: estaba habitado por monstruosas criaturas con largos tentáculos o grandes dientes, o las dos cosas. Pero el afán del alcalde de encontrar vida fuera de la isla era insaciable.
“Pues me he terminado el de las rimas, ¿cómo se dice? El de los… los…”
“…los poemas”, completó Bruno
“¡Eso! ¡El de los poemas! Y ahora estoy con el otro” dijo Sophie, algo avergonzada de no acordarse del tecnicismo. “¡Qué extraña debía ser la AC! Hay tantas cosas que no comprendo de ella… Pero tiene algo absorbente, supongo que la musicalidad es lo que hace que las ideas de los poemas sean tan complejas”. Sophie tanteaba, pero no alcanzaba a expresar esa sensación indescriptible.
“Es más que eso, es jugar con el lenguaje de una forma que nunca se ha hecho en la isla, es un control total de las palabras, es describir paisajes y emociones que sólo se pueden sentir, pero que no se pueden expresar en un lenguaje normal. Es mucho más complicado de entender que los libros de cocina que te mandan leer. Hablando de leer, últimamente es lo único que hago.” El alcalde había nombrado a Bruno jefe de analítica de contenedores AC y estaba muy orgulloso de ello. A pesar de su alto cargo, vivía a duras penas puesto que los aventureros siempre han estado marginados por la sociedad: orígenes pobres, vida corta, mucho tiempo fuera… Poca gente querría ser amiga de uno, pero la relación entre Bruno y Sophie era especial. Desde la infancia habían sido amigos, y a pesar de que su padre le impidió verle, se siguieron viendo a escondidas. Se criaron de forma muy distinta, pero sólo se sacaban dos años de diferencia y pensaban de una forma muy parecida, así que la amistad perduró. A los 14 años, Bruno empezó a pasarle libros a Sophie, y un poco más tarde, ésta se enamoró perdidamente de él, aunque él no se daba ni cuenta.
Y así, sentados en la roca anciana, se pasaron las horas hablando del mar y de los contenedores: cuando Bruno hablaba de ello, sus ojos brillaban de ilusión. También hablaron de la Gran Escuela para Señoritos y Señoritas y de sus vidas en general. El tiempo se paró, como solía pasar cuando estaban juntos, y cuando de repente Sophie se dio cuenta de que en realidad fluía con rapidez, se marchó a casa, soñando con ese beso inalcanzable, con esa caricia inaccesible, con ese amor imposible. Una sonrisa florecía en la boca de Sophie justo antes de dormirse, esperando volver a ver a Bruno.
A la mañana siguiente, la realidad quemó sus esperanzas como el papel, y sin dejarle tiempo de reaccionar, su padre la despertó gritando. Por primera vez en mucho tiempo se había levantado de la cama para decirle algo a su hija. Le estaba llamando con todo tipo de insultos posibles, zarandeándola, diciendo que era la deshonra de la familia, que ya no tenía hija, que no quería volver a verla por la casa, que todo era culpa suya. Sophie salió en pijama a la calle, intentando escapar de la cruel voz de su padre. Fuera, se encontró de frente con Dorian, Antoine y otros chicos que Sophie no conocía. También estaba Hélène, con una sonrisa triunfal, mirando con desdén a Sophie. Los chicos se reían de ella, la insultaban como su padre había hecho, hasta se acercaron a ella con malas intenciones. Sophie intentó escaparse de los dolorosos insultos, que se convirtieron en zancadillas y patadas. “Tu novio ya no vendrá a salvarte, ayer me lo encontré de camino a su casa, ¡verdad chicos? Le pegamos una paliza de muerte a ese desgraciado, ¡y ni siquiera sabía porqué!Acabó por dejar de respirar. ¡Está muerto! Que asco que me das, Sophie, y pensar que te di una oportunidad… ¿Cómo pudiste enamorarte de un patético aventurero? ¡Seguro que te habrá contagiado alguna enfermedad!” Sophie se quedó muda. Dorian acababa de decir que Bruno estaba muerto. No, no podía ser, no podía creérselo. No podía creer nada de lo que estaba pasando. Como en una pesadilla, Sophie se adentró en el bosque, iluminado por la cegadora luz del sol. No veía nada, no quería ver nada, se tropezaba, se caía y terminó por desmayarse, desorientada. Nadie se preocupó por ir a buscarla, y allí se quedó, tendida en el suelo, boca abajo, llorando en silencio.
La madera de roble crujía bajo la espuma de las olas, que flotaba inerte como ángeles caídos del cielo. La proa del barco la rompía, salpicando la cubierta de plumas. La vela, como un ala de gaviota, se estremecía por las violentas sacudidas del viento. Y de pie, agarrando con una mano el timón de popa y con la otra el cabo que domaba al aparato alado, había una figura esbelta, oculta bajo unos sucios harapos. Parecía una toga encapuchada, un fantasma que se mecía al compás del viento. El ser miraba el horizonte con ojos huecos, su pelo rizado por la humedad, enmarañado por la sal, se diluía entre la realidad y el sueño eterno. Ni un solo destello de luz se reflejaba en esos dos pozos azulados. Y así, frente a una bestia de agua e ínsulas, la ondulada sombra de lo que antes había sido una bella chica se alejaba hacia el infinito, engullida por el azul del cielo y el azul del mar, apagándose lentamente.

Vaya, esto no es un poema. Es demasiado corto e interesante para lo que representa, y espero fuertemente que sólo sea el principio de varias ideas. ¿Porqué te digo esto? Porque te quedas con ganas de más, de mucho más. Has creado en apenas unas líneas y párrafos un microuniverso bastante convincente, lo que significa que tienes que expanderlo, por favor. Si quieres, acaba el "cuento" aquí, pero no abandones el mundo y escribe más de él, es realmente atractivo para la imaginación, y muy real.
ResponderEliminar¡Enhorabuena! Desde luego, no sólo se te dan bien los poemas.
vale, acabo el cuento en un comentario, un kraken gigante devora el barco unos metros mas tarde xD te convence? jaja no, es broma, que cada uno se imagine el final, este no es más que una narración, quizás algún dia usaré este micromundo para algo, pero hasta entonces, es un boceto. Es como en la historia interminable, cuando el protagonista crea un mundo, con su arena y sus palmeras; es lo mismo, quiero ver si soy capaz de crear una isla, para algún día crear un mundo entero ^^ Lo interesante del cuento es la frustración de Sophie, la sabia entre los idiotas, que está condenada a sufrir porque no puede vivir en el mundo burgués, pero tampoco en el mundo de Bruno. Ella es el elemento que sobra, y desde el principio se puede percibir el carácter trágico del cuento. Ella es el deshecho de la sociedad; también significa que al final los libros, la cultura, le aportó más desgracias que alegrías, porque le hizo ver la realidad (rollo el arbol de la ciencia/el arbol de la vida). Ella no conocía la felicidad, vivía en un sueño, en esperanzas e ilusión, que se acaban disolviendo violentamente por la realidad... Sophie es también un boceto, como la isla.En realidad, ella parte hacia el mundo de lo eterno, de lo infinito, de la libertad absoluta, por decirlo de alguna forma (drüben the wall, te acuerdas? más allá de las paredes de lo físico)
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